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domingo, 10 de enero de 2010

A CIEGAS



Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo.

Eran las 12 de la mañana, el sol picaba fuerte y se agradecía entrar al refugio del aula. Habíamos jugado a vendarnos los ojos y a adivinar por el tacto quien era el jugador que había recogido la pelota que se había lanzado al aire.

A ciegas recorrí el trecho que nos separaba, guiado por las indicaciones del jefe del grupo.

Escuché sospechosas risitas sofocadas, cuando un objeto alargado fue puesto entre mis pies... Caí de bruces sobre el bordillo de la pileta haciéndome una brecha en la rodilla. Grité de dolor.

Cuando me quité la venda, todos habían desaparecido.


En estos relatos de cien palabras, no hay que contar el contenido de la primera frase, ya que es la que da lugar al desarrollo de la historia

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