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viernes, 24 de octubre de 2014

UN PASEO POR EL EJIDO


Eran las seis de la mañana de un día de Junio. El sol ya había roto la noche y un rayo de luz entró por el montante inundando la pared izquierda de mi habitación; su claridad creciente hizo que mis ojos se abrieran al nuevo día.  Esperé contemplando  la pared; observé casi sin pestañear como la luz bajaba lentamente  hasta alumbrar una parte del cobertor de mi cama. Era la hora habitual y como cada día, salté del lecho alegremente pensando en el  delicioso paseo mañanero. Tras pasar por el baño, preparé mi bolsa e introduje un par de manzanas, unas pocas galletas, una botella de agua y  mis herramientas habituales.  Salí a la calle acompañado de mi fiel  Dulio.  Atravesé tres avenidas y llegué hasta el río. Crucé el puente que me llevaba hasta el ejido y me detuve a contemplar el   amplio espacio que se abría ante mí. Mi perro echó a correr disfrutando con deleite de todo el campo que era suyo.  Caminamos él y yo...  Dulio  haciendo pequeñas carreras, oliendo aquí y allá los árboles, husmeando  cualquier objeto que encontraba, sin perder en ningún momento la orientación de mis pasos,  siempre pendiente de  cualquier giro de mi andadura. Tras una hora de caminar  me senté  en la primaveral hierba, todavía fresca y verdeante. A lo lejos  aparecieron unos  viejos pastores con sus rebaños. Dulio corrió como cada día al encuentro de los perros  que acompañaban a las ovejas.  Observé expectante y feliz la bucólica  escena. Las ovejas, al ver  acercarse a mi perro, hicieron sitio agrupándose entre sí. Le conocían de verle habitualmente pero como  no pertenecía a su pastor le miraban siempre  con cierto recelo.  La imagen a la distancia era inalienable, en ese momento me pertenecía, era solo mía y la disfruté. Dejé a mi perro que se distrajera un rato con sus amigos. Vi como los pastores le acariciaban y le obsequiaban con alguna golosina que él siempre esperaba y si no se la daban, la reclamaba insistentemente. Durante un momento estuve anclado, contemplando con  placer la escena, era como si hubiera sufrido  un ataque de acinesia. Al fin reaccioné y silbé, Dulio, tras dudarlo unos minutos volvió corriendo a mi lado. Continué mi camino y me dirigí sin prisa  hacia el altozano, donde unas encinas crecían juntas y próximos a ellas  prosperaban arbustos de zarzamoras. Superé el suave remonte y me acerqué a la que preservaba mi tesoro. Abrí la bolsa y extraje los guantes de trabajo, calcé mis manos y una vez protegidas, las metí  entre los espinos. Las moras todavía estaban verdes y no tuvieron la oportunidad de mancharme,  los espinos de las ramas arañaron mis guantes al intentar proteger sus frutos mas no  pudieron clavar  sus púas en mi carne. En esa caja fuerte que acomodaba la zarza,  guardaba un precioso y retorcido  tronco ya seco,  el cual, desde hacía meses estaba trabajando pacientemente con mi cuchillo de monte. Había conseguido desbastar la corteza y  ahora estaba puliendo a base de lijas de diferentes grosores el todavía áspero tronco. Lo lijaba  con delicadeza.  Esperaba  conseguir un buen bruñido. Mi idea era la de hacer una preciosa lámpara  con aquella escultura que me había regalado la naturaleza. Mi fiel amigo y compañero de vida Dulio, conocía muy bien la rutina diaria de nuestros paseos y pacientemente se tumbó a mi lado disfrutando del sol o de la sombra, según le acomodara, mientras, yo daba paso a mi repetido proceso de trabajo con las lijas.  Sobre las 11:00 de la mañana, con el sol alzando su vuelo, paré mi trabajo, saque el cuenco de agua de Dulio  y le serví una buena cantidad  de la botella. Yo también eché un trago. Partí las manzanas en pedazos y acompañadas de las galletas a medias nos las comimos los dos. Transcurrió una hora más. El calor empezaba a apretar y se hacía sentir duramente.  Volví a guardar mi escultura bajo la zarza. Seguidamente regresamos por otra vereda que acortaba el camino a buscar el refugio fresco  de  la casa, contentos y llenos de energía.  

Este cuento es un trabajo que  hice para la universidad. Nos dieron las cinco palabras que están subrayadas                                                                        para construir un relato y esto es lo que yo hice.

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